25 de marzo de 2026, Mallorca
ANFITRIONES DE HONOR
Mallorca es la cuarta y última isla de la ruta Biela y Tierra Baleares. Es la isla más grande, con más población y, por tanto, en la que más entidades participaron en el proceso online. Durante los meses de noviembre y diciembre convocamos a entidades expertas locales para hacer un acercamiento a la situación del territorio y elegir, mediante consenso, las iniciativas a visitar. Estamos muy agradecidas por su participación. En total, durante las sesiones de Mallorca participaron nueve organizaciones y nos gustaría que las conocieseis.
Una de las entidades que nos apoyó desde el principio fue Alaia Ecosocial. Este proyecto nació de la mano de Atuk que tras casi veinte años vinculado al ámbito de la cooperación y al tercer sector, sintió la necesidad de tomar distancia sin abandonar su compromiso político y activista. De esa necesidad surgió Alaia para acompañar a grupos, equipos y proyectos desde la facilitación, la gestión de conflictos y el trabajo de procesos. Su propuesta parte de una hipótesis: muchas veces existen la estrategia, las capacidades y los recursos, pero fallan las formas de relacionarnos, esa dimensión simbólica, ritual y comunitaria que el capitalismo y el patriarcado intentan derribar. Frente a ese malestar, Atuk como promotor de Alaia junto a una extensa red, propone poner luz sobre cómo funcionan los grupos, resignificar las maneras de estar juntas y acompañar procesos con presencia, alegría y rigor.
Durante nuestro proceso participativo online acogió también a entidades locales con perspectiva global, como Amics de la Terra Mallorca, una organización ecologista integrada en una red internacional que trabaja por la justicia ambiental y social, poniendo el foco en la transición hacia modelos de vida más sostenibles. Desde la isla impulsan proyectos vinculados al consumo responsable, la agroecología, la movilidad sostenible y la reducción de residuos, siempre desde un enfoque que conecta lo local con los retos globales. A través de campañas de sensibilización, formación y participación ciudadana, promueven cambios tanto individuales como colectivos, defendiendo un modelo de sociedad que respete los límites del planeta y sitúe la vida en el centro. Su trabajo en Mallorca presta especial atención a la soberanía alimentaria, el impacto del turismo y la necesidad de relocalizar la economía, fortaleciendo redes comunitarias y alternativas que ya están en marcha en el territorio.
Era la primera vez que hacíamos una ruta en territorio insular y creíamos imprescindible contar con una entidad experta en temática del mar. Así, invitamos a Arrels Marines, una joven asociación de Pollença nacida en 2020 e impulsada por un grupo de personas arraigadas al territorio y unidas por el amor al mar Balear. El proyecto comenzó con la idea de replantar posidonia, pero pronto entendieron que la conservación del medio marino requería una mirada mucho más amplia. Hoy estructuran su trabajo en tres pilares: ciencia, comunidad y divulgación o educación. “Intentamos que todos los proyectos tengan estas tres patas, combinando investigación aplicada, implicación social y sensibilización”, nos explicó Ignasi Cifre. Esa mirada se concreta en iniciativas muy diversas: desde proyectos de replantación y seguimiento científico de posidonia, hasta foros participativos sobre la gestión del litoral o incluso bicicletadas reivindicativas que conectan movilidad, territorio y medio ambiente. “Incidir en la comunidad es lo que va a permitir transformar la realidad”, nos explicaron, conscientes de que la conservación no puede hacerse sin las personas que habitan y actúan en el territorio. Uno de los principales problemas de la zona costera en Baleares son los fondeos ilegales que degradan las praderas marinas de posidonia. Arrels Marines no solo los denuncia, sino que trabaja activamente para eliminarlos, evidenciando que proteger el mar implica generar conocimiento, activar a la comunidad y cuestionar los usos establecidos del territorio.
Margalida Mulet y Bashana Kessner participaron en representación de CERAI (Centro de Estudios Rurales y de Agricultura Internacional), una ONG de ámbito estatal que apuesta por fomentar la agroecología y trabaja por la defensa de la soberanía alimentaria, basada en la promoción del derecho de los pueblos a definir sus propias políticas y estrategias sostenibles de producción, distribución y consumo de alimentos. CERAI es una entidad de cooperación al desarrollo con más de 30 años de historia que mantiene un enfoque global conectando las problemáticas de las zonas rurales norte-sur. Margalida contextualizó lo que hacen en Baleares: “Centramos nuestro trabajo en dar apoyo a la agroecología en la isla y dar visibilidad al sector primario en las escuelas, acompañando procesos que acerquen la agroecología a la comunidad educativa”. Bashana matizó: “En las escuelas, aunque sean de pueblo, nos encontramos muchos niños que no saben de dónde viene lo que comen y ahí es donde incidimos con mucha atención”. A través de huertos escolares, talleres de cocina, compostaje o actividades sobre alimentación saludable, trabajan con alumnado, profesorado y familias para recuperar saberes que se están disipando. Porque, como señala, “hoy existe mucho desconocimiento de cosas muy básicas y saberes tradicionales muy elementales que se están perdiendo”. En paralelo, impulsan cambios en los comedores escolares para “intentar incluir más producto local y ayudar a los agricultores de aquí”, implicando a productores, cocineras, empresas de restauración y administraciones. Actualmente se encuentran participando en distintas redes porque consideran importante que las entidades que trabajan en la isla estén coordinadas: la Red de huertos escolares, Xarxa Alimentant el Futur y Aliança Mar i Terra, entre otras.
Otra entidad que nos acompañó fue GOB Mallorca, organización ecologista o de conservación referente en la isla. Con más de cuatro décadas de trayectoria, el GOB (Grup Balear d’Ornitologia i Defensa de la Naturalesa) se ha consolidado como una de las voces más influyentes en la defensa del territorio balear, trabajando por la conservación de la biodiversidad, la protección de espacios naturales y la transición hacia modelos más sostenibles. Su trabajo se centra en la incidencia política, la sensibilización y el trabajo técnico, participando activamente en procesos de planificación territorial, campañas ambientales y acciones educativas. A lo largo de los años, ha sido clave en la protección de espacios emblemáticos de Mallorca y en la denuncia de proyectos que amenazan el territorio. En muchos de los espacios por los que hemos pasado durante la ruta, su nombre aparece ligado a luchas colectivas y victorias compartidas. Se trata de una entidad con un marcado carácter reivindicativo, que no duda en señalar los impactos del modelo turístico y urbanístico dominante y, en defender, desde una posición firme, la necesidad de conservar el territorio y sus recursos frente a las presiones económicas.
Por otro lado, también participó Malen Llull, gerente de Mallorca Rural. Como todos los grupos de acción local o grupos de desarrollo rural, Mallorca Rural es una asociación sin ánimo de lucro que gestiona las ayudas europeas de fondos LEADER con el objetivo de dinamizar las zonas rurales. “Nuestras ayudas van muy enfocadas a pequeños productores, explotaciones, cooperativas y asociaciones que quieran poner en marcha algún tipo de proyecto que tenga vinculación, directa o indirectamente, con el sector primario, con la soberanía alimentaria o con mejorar la comercialización, la transformación e, incluso, pequeñas innovaciones”. Su estrategia es conservar, potenciar e impulsar este sector que, en estas islas, es estratégico y totalmente necesario.
Permacultura Mediterránea (PermaMed) fue una más de las invitadas, una asociación sin ánimo de lucro que promueve el sistema de diseño que ofrece la permacultura. Mandi, una de las fundadoras de la entidad, nos contó que “hace 15 años PermaMed nació de un encuentro que hicimos con Gaia Education. Hacemos cursos y actividades educativas, tanto la certificación oficial con el Permaculture Design Course (PDC) como formaciones específicas. También nos gusta llevar la permacultura a las escuelas con el proyecto PermaEduca o con la línea PermaKids, que se vincula con niños y niñas”. En la asociación también está activo un grupo de jóvenes que, con ganas de ser parte del cambio que quieren ver en el mundo, se han formado para crear un equipo diverso. Así, varios líderes involucrados en la comunidad de la permacultura han comenzado a construir este emocionante proyecto.
Y terminamos con dos de las entidades que, además de ser parte en el proceso participativo online, también fueron seleccionadas como iniciativas a visitar: APAEMA y Associació Varietats Locals. Ambas son referentes en temas de agroecología y soberanía alimentaria; llevan décadas trabajando para fortalecer el sector productivo, fomentar la agroecología y recuperar los saberes y la cultura agrícola de la isla. De ellas hablaremos más adelante, cuando nos acerquemos a conocer sus proyectos sobre el terreno.
Reflexionando con estas entidades sobre la situación que vive Mallorca, entre la persistencia y el desarraigo, señalaban cómo se mantienen todavía huellas visibles de su cultura campesina, de su paisaje agrario y de la memoria alimentaria y gastronómica; pero, al mismo tiempo se vive un proceso acelerado de urbanización y especulación. En las conversaciones surgió con fuerza la idea de “isla-ciudad”: un territorio donde las distancias son cortas y donde se puede vivir en un pueblo o, incluso, en una casa de campo y, sin embargo, llevar una vida completamente urbana. La cercanía geográfica con lo rural no garantiza el vínculo, el conocimiento ni el cuidado. Esta desconexión se hace visible en la pérdida de saberes básicos sobre los alimentos, en la erosión de conocimientos culinarios y en la dificultad creciente para que la infancia y la juventud tengan experiencias cotidianas de contacto con el campo, con las semillas o con quienes producen lo que comemos. Aun así, se mantienen otros puntos fuertes muy valiosos: un ecosistema amplio de entidades agroecológicas, mercados locales, experiencias educativas, una cultura gastronómica todavía viva y una dimensión territorial que puede permitir reconstruir relaciones más próximas entre producción y consumo.
Pero esa posibilidad choca frontalmente con un modelo territorial y económico que empuja en dirección contraria. Mallorca importa alrededor del 90 % de los alimentos que consume, y las estimaciones compartidas sitúan el consumo de producto local en apenas un 10-15 %. Estos números ponen en evidencia hasta qué punto la soberanía alimentaria está hoy muy lejos. A ello se suma la enorme dificultad de acceso a la tierra, convertida cada vez más en bien de lujo y objeto de especulación; presionada por la urbanización, las licencias vacacionales, el mercado inmobiliario internacional y, más recientemente, por la expansión de proyectos fotovoltaicos que están expulsando a agricultores de fincas que llevaban años trabajando, sobre todo en modelo arrendatario.
En paralelo, el acceso a la vivienda se vuelve cada vez más difícil para la población local; se vive una gentrificación a escala insular que expulsa a jóvenes y trabajadoras, tensiona la vida cotidiana y dificulta todavía más el mantenimiento de proyectos agrarios familiares. Todo ello configura una tormenta perfecta: crisis climática, turistificación, precarización del sector primario, encarecimiento de la tierra y subordinación de la agricultura a lógicas ajenas a la alimentación.
Y, sin embargo, bajo esta situación hostil, también aparecen alternativas: mercados donde se encuentran productores locales, ecológicos y de temporada; iniciativas agroecológicas que nos muestran otros modelos; proyectos educativos para acercar la tierra, las semillas y entender de dónde viene la comida; redes de personas que se dedican a preservar variedades locales, recuperar saberes campesinos y fortalecer la relación entre campo y ciudad. Con todas estas reflexiones en las alforjas, salimos a pedalear por Mallorca. Queríamos dejar a un lado los titulares y acercarnos a la realidad que se vive en el territorio: escuchar a quienes cultivan la tierra, a quienes la defienden, a quienes intentan abrir caminos nuevos. Porque detrás de los datos sobre turismo, urbanización o dependencia alimentaria hay personas que cada día siguen sembrando, produciendo y cuidando el territorio y la vida.







