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7 de febrero de 2026, Jesús, Ibiza

UN HUERTO PARA LA ESPERANZA

Ese día nos tocó pedalear entre asfalto, coches, coches y más coches. La verdad es que no estamos acostumbradas a lugares con tanta densidad de población, de construcciones y de vehículos motorizados. Ibiza ha vivido un cambio muy grande en las últimas décadas, en las que la urbanización desatada y la especulación se han adueñado de una parte de la isla. En los últimos veinte años, el número de coches en temporada turística ha aumentado un 80 %. En la isla, la cantidad de vehículos supera ya a la de habitantes y, durante la temporada álgida, la presión aumenta aún más, aunque han limitado la entrada de vehículos a 19 000. “La isla es un paradigma de las problemáticas ecológicas y sociales globales. Es un reflejo de lo que está ocurriendo en el mundo. Con la particularidad de que en las islas se incrementan las amenazas. El cambio climático se va a cebar en lugares como estos”, explicó Marcos Tur, de la Asociación Jesús en Transición, la entidad que vinimos a visitar.

Esta asociación surgió en el año 2017 en Jesús, una pequeña localidad del municipio de Santa Eulària des Riu. “Jesús es un pueblo, un núcleo aledaño a la Vila de Ibiza, la capital de la isla. Estar tan cerca es algo malo y también bueno. Como bueno está la proximidad y, como malo, la presión urbanística; Jesús se está convirtiendo en un barrio dormitorio y los terrenos son especialmente caros”, explicaba Silvia Escandell, actual presidenta de la asociación. Hasta el boom turístico de los años 60, Jesús, y el resto de la isla, era eminentemente agrícola. Había explotaciones pequeñas, autosuficientes, con un poco de ganado y producción diversa. “Era un ambiente totalmente rústico, no había zona urbana, Jesús como núcleo no existía. Esta era la zona más rica porque tiene agua y era considerada la huerta de la isla”, remarcó Joan Costa, oriundo de Jesús. Antiguamente, esta zona era todo huertas que surtían los mercados de Ibiza. Con tantos cambios como ha sufrido la isla, la zona se ha urbanizado y ha quedado rodeada de bloques de viviendas y carreteras.

En este contexto emerge, como un oasis, un pequeño huerto en la antigua finca agrícola Can Riambaus de Baix, propiedad de la familia de Joan: l’Hort de Sa Llavanera. Esta es una huerta comunitaria donde un nutrido grupo de personas cultiva alimentos ecológicos, aprende y se conecta con la tierra y la naturaleza. Pero, sobre todo, es un espacio con función social para crear comunidad.

Para quienes lo cuidan, el huerto es sinónimo de tranquilidad, bienestar y desestrés; un lugar para encontrarse, aprender, colaborar, cuidarse entre vecinas y ser resistencia. Joan, antropólogo de formación, vivió en Barcelona, donde participaba en huertos comunitarios. Al volver a la isla y ver que este terreno llevaba sin cultivarse desde que falleció su padre, decidió hacer algo con él. “En una zona donde vivimos 1500 personas no hay ni una plaza, ni solo banco para sentarse. No hay absolutamente ningún servicio público”. Y añade: “El valor de uso de la tierra ha pasado simplemente a ser un valor de cambio, lo que significa que la tierra es un bien para especular. Esto ha tenido efectos devastadores en el ámbito social y ecológico: abandono del sector primario y encarecimiento de todo. No hay ningún alquiler asequible en todo el pueblo, es imposible”. Con su perspectiva de antropólogo, Joan reflexionaba: “antiguamente, en Ibiza, había una comunidad. Se compartían muchas labores agrícolas; había solidaridad hasta niveles que aquí y ahora no nos podemos ni imaginar”. Esta situación impulsó a Joan a a poner la semilla de este proyecto y, así, hace tres años este espacio se convirtió en el núcleo de actividad de Jesús en Transición.

Jesús en Transición está formada por vecinos y vecinas que tienen la voluntad de participar activamente en proyectos que mejoren su comunidad en términos de sostenibilidad ecológica, económica y social. Además de cultivar en la huerta comunitaria, organizan talleres abiertos sobre semilleros, plantaciones, compost, recuperación de saberes y más. Visitan la escuela de Jesús para acercar a los peques a la naturaleza y al origen de nuestros alimentos. El próximo proyecto que tienen entre manos es construir un horno de barro para hacer pan y pizzas y compartir fuego y conversación.

Entrar en el huerto Sa Llavanera es sumergirse en un punto verde en medio de construcciones y coches. El terreno no está parcelado; se gestiona entre todos. Cuando fuimos a visitarlo, en el huerto había hortalizas de temporada: puerros, brócolis, lechugas, guisantes, tirabeques, habas, aguacates, cítricos, aromáticas, condimentarias y muchas flores. Lo que más nos llamó la atención fueron sus rechonchas y saludables gallinas, que disfrutaban del gallinero con su apéndice en forma de tunelillo para que las aves fuesen picoteando y removiendo la hierba entre cultivos. ¡Todo un acierto!

En Sa Llavanera nos recibieron Lidia, Silvia, Susana, Mari, Cornelia, Francesc, Marcos y Joan. Nos sentamos en círculo para escuchar su historia e intereses. Lidia contaba: “Estoy aquí porque me encanta, porque trabajar aquí da mucha satisfacción, tanto física como mental”, y remarcaba que notaba una gran diferencia de sabor y calidad entre los alimentos cultivados en la huerta y los del supermercado. Susana, de origen argentino, nos decía: “En mi jardín, siempre tenía una mini huerta chica… y cuando la vi acá, me metí y aquí estoy. He encontrado una comunidad que me vincula”. Francesc por su lado señalaba que “este proyecto aúna voluntades, intereses ecológicos y también tiene un fin psicológico muy terapéutico y satisfactorio”. Y, para Silvia, “lo que más me atrae es esta cosa aglutinadora de comunidad, pero a mí me trajo aquí primero la proximidad y las ganas de trabajar de verdad”. Cornelia es alemana, lleva 38 años en la isla y llegó por casualidad. Es su primer contacto con la huerta: “Nunca me había llamado la atención la tierra y ahora si estoy mal vengo media hora al huerto y me pongo bien”. Mari, originaria de Granada, lleva solo cuatro años en la isla: “Hace poco pasé por aquí, vi el letrero y un día me atreví a entrar porque estaba la puerta abierta. Me acogieron, me enseñaron todo y me dijeron que podía venir”. Por último, Marcos, impulsor de Jesús en Transición, se dedica profesionalmente al diseño ecológico y reflexionaba: “Creo que meter las manos en la tierra es un elemento fundamental para la salud mental”.

El grupo se reúne en el huerto dos veces por semana para hacer las labores que toquen: preparar la tierra, sembrar, plantar, cosechar y cuidar las gallinas; además, se reparten de manera equitativa lo que sacan. En estos tres años de recorrido ha pasado muchísima gente por los talleres y las fiestas; también llegan voluntarios que participan esporádicamente, sumando cientos de personas en total. Han recibido varios reconocimientos; entre ellos el premio Amigos de la Tierra Eivissa dos años seguidos, el cual destaca la labor de Jesús en Transición y l’Hort de Sa Llavanera. Esto demuestra cómo las grandes transformaciones llegan desde el trabajo conjunto. Sin duda, la comunidad es clave para avanzar hacia sociedades más resilientes, igualitarias y sostenibles.

Desde un principio en el huerto se empezó a hacer compost. Para el grupo era evidente que no tenía sentido tirar lo orgánico cuando podían usarlo. Pese a que no tenían infraestructura, sabían que era imprescindible cerrar el ciclo: “Empezamos con lo que teníamos: cubos, restos vegetales del huerto, algo de estiércol que conseguimos y muchas ganas. No todo salió bien. Al principio había malos olores, problemas de equilibrio en el proceso… pero fuimos aprendiendo”, recordaba Joan. Recogen restos de cocina, de casa, de los mercados y lo mezclan con poda seca. Cada semana lo voltean. “Pero más allá de la técnica, lo que tiene valor es que lo hacemos juntas. Nos organizamos, aprendemos y aprovechamos algo que normalmente se tira”, reflexionaba Silvia. Ahora ya lo tienen mucho más sistematizado y hacen un compost de calidad. “Queremos que el Ayuntamiento nos reconozca como proyecto piloto. Creemos que podemos demostrar que una comunidad organizada puede gestionar sus residuos orgánicos de forma ecológica y útil”, nos contaban.

En la isla de Ibiza hay un solo vertedero, el de Ca Na Putxa, y se encuentra en Jesús. “El vertedero está muy mal, está colapsando y su vida útil finaliza en 2027. La solución que se propone es enviar los residuos a Mallorca”, explicaban. En Ibiza, la cantidad de residuos que llegó al vertedero en 2024 se incrementó un 10 % con respecto al año anterior. El índice de residuos per cápita anual en la isla fue de 625,28 kg/persona en 2024, un 11% más que la media balear y un 30 % más que la media del Estado. La fracción orgánica es la que más llega al foso de Residuos en masa (RSU) desde el contenedor gris: un 30 % del total.

La presión turística en temporada alta dificulta el tratamiento de residuos. “Además, estos no se gestionan bien: lo orgánico no se separa correctamente y, muchas veces, termina todo junto. Eso hace que no se pueda aprovechar nada. No hay una verdadera apuesta por la separación ni por el reciclaje. Es más fácil esconder la basura que gestionarla”, reflexionaban, y eso nos lleva a un modelo absurdo: importamos comida de fuera, generamos residuos aquí y luego no sabemos qué hacer con ellos. ¿No sería mejor cerrar el ciclo aquí mismo? Hacer compost, devolverlo a la tierra, cultivar local.

Compartimos una reflexión de Marcos que nos pareció muy interesante: “La gente sabe que tenemos un problema muy gordo. Hay que cambiar el concepto de residuo por recurso. Todos los restos vegetales de la huerta, todos los residuos orgánicos de las casas, en realidad no son un residuo, son un recurso de muy alto valor. Entonces, lo que hacemos es transformarlo para tener un compost de alta calidad para seguir produciendo alimentos. Cambiar la óptica de residuo a recurso creo que es un elemento muy, muy importante para poder llevar adelante estos proyectos y para que la gente lo comprenda.”

Dejamos volar la cabeza e imaginamos que en cada barrio hubiera un grupo que compostara. Se reduciría el volumen de basura que va al vertedero, se generaría abono para los huertos urbanos, y la gente entendería que la tierra necesita lo que tiramos. “Por eso queremos que nos den apoyo institucional. No dinero, sino legitimidad para poder escalar esto”, cerraba Joan. La isla necesita que esto ocurra. El poder de lo pequeño.

Hortelano recogiendo verduras en el huertoPuerros en el huerto con personas al fondoUna niña y dos personas plantando en el huertoHortelano con una horca junto a los composterosHileras de coles en el huertoComposteros de madera con restos vegetalesCartel de Sa Llavanera colgado de un árbolGallina en un corral con el huerto al fondoTres personas preparando plantas en una mesa de trabajoPersonas sentadas en círculo en el huerto, con edificios al fondoMano de una niña cogiendo un guisante de la mataGrupo del huerto posando con las ciclistasGrupo sentado en círculo conversando en el huerto