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7 de marzo de 2026, Porreres y Selva, Mallorca

MUCHO MÁS QUE HUERTAS

En las visitas que realizamos con Biela y Tierra, no es raro oír comentarios sobre la desconexión de la gente con la naturaleza, la tierra o el origen de los alimentos. Durante siglos, cocinar era el último eslabón de un ciclo que empezaba en el campo: sembrar, cultivar, recoger y transformar los alimentos en casa. Hoy, en cambio, la comida llega cada vez más preparada, empaquetada y desvinculada de su origen. Con ello también se diluye nuestra relación con el sector primario, con los ritmos de la naturaleza y con los productos de temporada. Cuando una sociedad deja de cocinar, no solo cambia su dieta, también pierde conciencia del trabajo que hay detrás de los alimentos, debilita el mercado de los productos frescos, se distancia un poco más de la tierra que sostiene su propia vida y también se aleja de la comunidad.

La agroecología nació para ofrecer soluciones y nuevos modelos frente al modelo agroindustrial imperante y, por ello, abarca diferentes dimensiones: una dimensión técnico-productiva, basada en prácticas agrícolas ecológicas que respetan los ciclos naturales, conservan la biodiversidad y combinan saberes tradicionales y científicos para producir alimentos de forma sostenible; una dimensión político-social, orientada a fortalecer la agricultura campesina, promover la soberanía alimentaria y construir sistemas alimentarios más justos mediante redes locales entre productores y consumidores; y una dimensión cultural-territorial, que revaloriza los saberes campesinos, el mundo rural y la relación entre alimentación, territorio y cultura como motor de transformación social. El reconocimiento a las labores vinculadas a la tierra es parte esencial dentro de la dimensión social. Recuperar la vinculación con la tierra y con el papel fundamental que representa el alimento es un trabajo que, por suerte, en Mallorca están realizando varias entidades.

Visitamos la bodega Mesquida Mora en Porreres. Nos recibió Bárbara Mesquida Mora, miembro de la junta directiva de APAEMA e impulsora de esta bodega: “Estamos en s’Hort Sec donde tengo la bodega y parte de las viñas, todo certificado en ecológico. Es una parcela que pertenece a mi madre y en la que tuve la suerte de asentarme en el año 2012 para crear un espacio donde todo lo que se haga tenga algún sentido”. Bárbara compartió que es seguidora de Rudolf Steiner y de la antroposofía, en sus principios, generar red y comunidad es muy importante: “Teníamos un espacio que se podía ofrecer a la comunidad e intentar que fuese un huerto social abierto a las escuelas, a la gente mayor, a los nuevos residentes del pueblo, a quien quisiese… Pensé que sola, y como empresa privada, no era la forma adecuada de hacerlo. Imaginaba un proyecto bonito a tres patas y que tuviese una cierta singularidad”, explicó Bárbara. Fue con esta idea a APAEMA y al Ayuntamiento de Porreres, y ya hace varios años que un pedacito de esta finca está abierto a la magia de los huertos sociales y educativos.

Tomeu Perelló es el dinamizador de los huertos sociales de APAEMA en las localidades de Manacor, Porto Cristo, Cala Millor (Sant Llorenç) y Porreres. Los huertos sociales, aparte de producir alimentos, son un espacio de transformación. “Hay una parte de este huerto que no vemos a simple vista, que es la de tejer comunidad. Por ejemplo, en Porreres, muchas familias que acaban de llegar lo primero que hacen es ir a servicios sociales y de ahí los derivan a este huerto. Y aquí ha habido mucha gente que, sin conocer a nadie del pueblo, de manera natural, ya ha encontrado casa o trabajo, o se relaciona con vecinas y vecinos que antes no se saludaban”, nos contaba Tomeu. Modelos de huertos sociales hay muchos, pero APAEMA apuesta por los huertos comunitarios: es decir, un terreno único que se gestiona de manera colectiva.

Tomeu procede de la horticultura terapéutica y, con su experiencia, compartía: “Lo interesante de este proyecto es que, cuando empezamos a entenderlo desde una visión agroecológica, en el que todas las personas formamos parte de todo –no somos ni superiores, ni sabemos más, ni tenemos ningún privilegio para dirigir esto–, entonces nos ponemos en otro sitio, más horizontal”. Para llevarlo a cabo, en cada huerto existen comisiones. “Está la comisión mixta, que decide las líneas generales del proyecto, un espacio de encuentro entre APAEMA, el Ayuntamiento y el propietario, en el caso de ser un espacio privado como éste. Después entran las comisiones de seguimiento, que sirven para evaluar la gestión, cómo funciona y trabajar las dificultades o los retos. Y luego están las comunidades de los propios usuarios”, explicó Tomeu.

Para APAEMA, los huertos sociales no son una moda ni solo un entretenimiento y están dando un paso mas allá. . De hecho, actualmente, están colaborando con el Centro de Salud Es Coll d’en Rabassa, en Palma, que tendrá su propio huerto terapéutico. “Es lo que empieza a conocerse como los activos comunitarios o saludables. Los centros de salud empiezan a tener mucho interés en estos espacios. O sea, que ya se va a recetar ir al huerto: menos pastillas y más càvec”, nos decía orgulloso Tomeu.

En la finca de Bárbara también hay un pequeño espacio para trasladar las aulas a la naturaleza. El alumnado del colegio y del instituto de Porreres utiliza la huerta como herramienta educativa. Manu Moreno, responsable junto a Laus Fullana de los huertos escolares de APAEMA, nos explicó: “Nos dedicamos a promover y dinamizar estos espacios que, a veces, existen o, a veces, están por crearse. Damos impulso al equipo docente para asesorarlo a nivel técnico, dinamizar con actividades e introducir, poco a poco, la sensibilidad alimentaria en las escuelas”. En una sola generación ha habido una separación muy grande entre la producción de comida y la obtención del alimento. “Preguntas a los chiquis de dónde viene la comida y la mayoría dice que viene del supermercado. El reto es restablecer esta conexión. Para eso, la huerta escolar es la mejor aliada”, recalcó Manu.

Utilizar la huerta como espacio educativo es una oportunidad para salir de las cuatro paredes. “El desafío es encontrar aquellas minorías que tienen interés en el huerto. Desde APAEMA acompañamos a esta profesora o profesor, reconocemos el valor que tiene estar ahí y que quiera destinar su tiempo de docencia en llevar alumnos a estos espacios”, explicaba Manu. En las sucesivas leyes educativas, cada vez se habla más de situaciones de aprendizaje. En este sentido, el huerto ofrece infinitas posibilidades. No importa qué materia, no importa qué edad, no importa qué condición: el huerto nos conecta con el aprendizaje de la vida.

En Mallorca esto se viene trabajando desde hace tiempo de la mano de Gaspar Caballero y las parades en crestall. En los años ochenta, Gaspar se dio cuenta de que era necesario volver a los orígenes: recuperar la unión con la tierra y el sabor de sus frutos, y volver a sentirse parte elemental del ciclo de la vida. Con esta inquietud creó el método de las parades en crestall, un sistema basado en la sencillez, la lógica y el uso racional de la tierra y del agua. Su propuesta es generar un sistema de bancales realizados a ras de suelo que no se labran, con espacios muy definidos por donde se puede pisar. Esta metodología facilita mucho la comprensión para personas que nunca han trabajado en un huerto y, especialmente, la llegada de un grupo de escolares a convivir con las plantas.

Compartiendo con Manu y Tomeu, la conversación se volvía cada vez más interesante: “Conocemos la importancia de los huertos periurbanos como sustento alimentario, pero no a nivel comunitario y de otros aspectos. Entendemos que es normal tener una biblioteca, un centro de salud, unas instalaciones deportivas. En nuestra sociedad cada vez existen menos espacios para compartir y crear comunidad… ¿Y si los huertos fueran esos espacios que necesitamos?”. Bàrbara reafirmaba: “Vivimos en un momento en el que es importante rehacer los lazos entre producción, alimentación y comunidad”. Con este propósito, en Mallorca nació la red Alimentando el Futuro: un espacio de coordinación y trabajo para lograr unos comedores escolares saludables y sostenibles en las Islas Baleares. Esta red ha sido impulsada por APAEMA, CERAI, Justicia Alimentaria y FAPA Mallorca. El proyecto defiende que los comedores no deben ser solo un servicio de alimentación, sino también un espacio educativo que promueva hábitos alimentarios saludables, el consumo de productos frescos, locales, ecológicos y de temporada, contribuyendo así a fortalecer el sector agrario local y el respeto por el territorio. Hablando con Margalida Mulet y Bashana Kessner, técnicas de CERAI en las Illes Balears, compartieron: “Vemos mucha falta de conocimiento y de información. Existe un prejuicio sobre lo que es una alimentación saludable o sostenible. Hay mucho desconocimiento de cosas básicas, de saberes tradicionales que se están perdiendo. El reto es volver a lo esencial”.

Seguimos con las visitas para conocer más sobre este tema. Con el propósito de no perder el conocimiento tradicional, Carles Amengual, médico homeópata, adquirió en Selva un solar al lado del colegio del pueblo en el que soñaba crear un huerto vinculado a les Rondalles (cuentos tradicionales de Mallorca). “El objetivo era tener un terreno para hacer un jardín medicinal y educativo, y que estuviese al lado justo de la escuela para ir allí a jugar y a aprender”, nos contó. Así nació L’hort de les Rondalles en Selva, terreno que ha donado a la Fundació sin ánimo de lucro Flora Medicinal Baleàrica. Carles es un hombre del Renacimiento. Su trayectoria académica no deja indiferente: es licenciado en Medicina, en Ciencias Biológicas, en Humanidades, en Estudios de Asia Oriental y en Ciencias Religiosas; sin olvidar diversas especialidades medicinas alternativas como las plantas medicinales, la homeopatía, la acupuntura y la medicina tibetana. Él, desde niño, ha sido muy inquieto. Tenía claro que quería ser médico, pero un médico especial para el que las plantas y los ritmos de la naturaleza tuvieran un papel esencial. Entre los libros que ha escrito se encuentra Flora Medicinal de les Illes Balears (2021), editado por la UiB, que recoge las 662 plantas medicinales de las Islas Baleares. Una obra maestra de más de más de 1000 páginas que sistematiza información sobre las propiedades, usos tradicionales y botánica de la flora balear. Esta obra fue elegida como la mejor edición universitaria española del año 2022.

Combinando su pasión por la cultura popular y las plantas medicinales de Mallorca, identificó cada una de las plantas que aparecen en los cuentos tradicionales Les Rondalles y escribió el libro L’hort de les Rondalles. Carles nos explicó que “en las Rondalles Mallorquines aparecen 139 plantas medicinales locales. Es la obra de literatura no científica en la que más plantas aparecen”. Las Rondalles Mallorquines son una recopilación de 433 cuentos populares de Mallorca, transmitidos oralmente durante generaciones y recogidos por Mossèn Antoni Maria Alcover y el archiduque Luis Salvador a finales del siglo XIX. Estas historias, que transcurren en Mallorca, presentan personajes fantásticos como gegants, dimonis y dracs, y destacan por su humor, tono moralizador y, a veces, crueldad. “Siempre la transmisión a niños y niñas ha sido a través de los cuentos. Los abuelos, los padres, los contaban. En las Rondalles, se esconden enseñanzas, experiencias. Cuando los niños escuchan estas historias se sumergen en esa realidad y se sienten como sus protagonistas, y es una manera fantástica de aprender”, nos explicó Carles.

Carles acompañaba al cole todos los días a Cosme, su nieto mayor. Cruzaban el huerto, cogían una de las plantas y, al llegar al colegio, Cosme explicaba al resto de la clase qué planta era y sus propiedades. Un día, su profesora, Elena, impresionada con todo lo que estaban aprendiendo, preguntó a Carles si podían ir al huerto con toda la clase de infantil. Y Carles dijo: “Pues claro, ¡para eso está!”. En nuestra visita al huerto coincidimos con la clase de los más pequeños, entre ocho meses y tres años de edad. Fue emocionante comprobar cómo, nada más entrar, se sentían parte del huerto: sabían por donde tenían que ir, tocaban la tierra, cogían la paja y las herramientas pequeñas para jugar. Aina, su profesora, confesó: “El primer día ya fue mágico: desde el agua, a coger una flor, comer una fresa o una flor silvestre…. ¡fue una pasada!”. Tras la experiencia de los más peques siguieron el resto de clases, infantil y primaria al completo.

Actualmente el huerto está organizado en bancales siguiendo las parades en crestall. Cada curso tiene un bancal asignado que cuida y gestiona. L’hort de les Rondalles quiere ser también un espacio demostrativo: en los muros hay instalado también un sistema de huerto vertical que se riega por gravedad. Flores de muchos colores, plantas aromáticas, frutales que dan sombra… un espacio de magia para que disfruten los más pequeños. En uno de los rincones hay un domo de madera realizado por Mario Turégano, dónde se encuentran las imágenes de los personajes de les Rondalles, las plantas medicinales y las aves de la zona. “Aquí viene la clase y se sientan en círculo. Miran la ficha del puput (abubilla) y mientras ponemos su canto. Aprenden observando, disfrutando y gozando del espacio”, nos contaba emocionado Carles.

En un futuro cercano está planificado ampliar L’hort de les Rondalles con un bosque comestible en el solar de al lado. La propuesta quiere acercar el huerto a la generación de los más mayores: “El cole y el centro de día están al lado, y es una oportunidad maravillosa que abuelos y niños se junten en el huerto y compartan”, explicaba Carles.

Todo este proyecto no ha sido cosa de un día. El terreno se adquirió en 1998 y fue en 2020 cuando empezaron a utilizarlo como espacio educativo. Con este ánimo de difundir las plantas medicinales y les Rondalles, en el año 1998, con la compra del solar, lo que sí que se creó fue la Fira de les herbes en Selva, que sigue celebrándose desde esa fecha. Cada año el segundo fin de semana de junio, en la plaza de Selva, se instala un enorme alambique de 150 litros en el que se destila mirto (murta) y se representa parte de les Rondalles. “Interviene todo el pueblo: los pequeñitos se visten de demonios, los mayores de personajes de les Rondalles. Todo el mundo ayuda, vamos a recoger la planta, el mirto… Es todo una gran colaboración y una fiesta que recuerda la antigua tradición de recoger hierbas aromáticas y medicinales de la montaña, y muestra sus múltiples usos en la medicina popular, la cosmética, los licores y la gastronomía local”, recordaba Carles.

La fira de las herbes, l’hort de les Rondalles, los huertos sociales y los escolares son puentes que acercan las plantas y los alimentos a la sociedad. Aina, la profe la escuela de Selva, compartía: “Por desgracia, muchas familias viven en pisos que no tienen jardín, ni corral ni un espacio en el que los niños puedan interaccionar con el campo”. Ejemplos como los que hemos visto en estas visitas muestran que se pueden retomar las sendas de conexión con la naturaleza. Y no solo es el presente sino que, sin duda, es también el futuro. La agroecología, en todas sus dimensiones, nos muestra el camino a seguir. Como compartió Mireia, vicepresidenta de APAEMA: “Yo solo me puedo imaginar un futuro ecológico para esta isla. Mallorca tiene que ser 100 % ecológica”.

Huerto escolar con plantas aromáticas y pajaDos personas en un huerto escolar junto a un edificioHombre sonriente dentro de una cúpula de madera con láminas de avesJardín vertical con macetas en un muro y huerto delanteNiñas y niños pequeños sentados en la paja escuchando un cuento en la cúpulaCúpula geodésica de madera en el huertoDos mujeres conversando en una bodega con depósitosCuatro personas posando en los huertos socialesTres personas conversando en una mesa de madera al aire libreCartel de los Horts Socials Ecològics de Porreres