19 de enero de 2026, Torretrencada, Menorca
ORO LÍQUIDO PARA LA REGENERACIÓN
En una isla tan mediterránea como Menorca, llama la atención no ver campos de olivos. Al preguntar, nos hablaron de los ullastres –olivos silvestres o acebuches– y de una apuesta valiente: la asociación Oli de Menorca. Esta asociación nació hace unos 13 años de la mano de unas pocas personas visionarias que querían apostar por recuperar el olivo, durante tantos siglos olvidado en la isla.
Enric Picanyol, uno de los impulsores de la asociación, nos contó que “hace siglos, en Menorca, había vid y olivo en cantidad”. A lo largo de la historia son varios los factores que han hecho que esto no siga siendo así. Como ya nos contaron en S’Ullestrar, tradicionalmente la tenencia de la tierra en esta isla estaba muy vinculada a la aparcería o medianería. El propietario y el pagès se reparten equitativamente los beneficios de la producción de la finca. Además, “cada año se hace un inventario de los animales, los aperos, las herramientas y todo lo de la explotación. Es un contrato de año en año. Y claro, una explotación de año en año desincentiva totalmente el cultivo de especies plurianuales como el olivo o la vid”. Además, históricamente, las vacas siempre han tenido una presencia relevante en Menorca y, en 1930, “un señor que se llamaba Montañés montó la fábrica de El Caserío en la isla, donde aprovechaba el queso que hacían los pagesos para elaborar los famosos quesitos (queso fundido en porciones)”. La marca creció hasta convertirse en un referente, creando una fuerte conexión con la ganadería local menorquina. Esto generó prácticamente un monocultivo de la vaca lechera como paradigma de la explotación agrícola de Menorca.
Cuando El Caserío fue absorbido por una multinacional cambiaron las reglas del juego. Poco a poco, las fincas típicas menorquinas cada vez eran menos rentables para los pagesos, que no ganaban lo suficiente para vivir; por eso, muchas fincas quedaron abandonadas. “Se dio un proceso de abandono del campo y, en paralelo, una protección del medioambiente importante. Con esto, unos cuantos pensamos que lo suyo sería volver a los cultivos mediterráneos de secano para mantener la tierra viva y productiva” confesó Enric.
Y así fue como Enric decidió comprar la finca abandonada Morvedra Vell. Allí nos recibió Josep Barber, Pitu, el pagès que cuida del campo y los animales. “¿Quién me iba a decir a mí que, después de estar con vacas toda la vida, iba a trabajar con olivos, aquí, en Menorca?”. Al principio empezaron plantando 700 olivos; vieron que iban bien y ahora ya tienen 4000, principalmente de tres variedades diferentes: arbequina, picual y empeltre, con las que hacen su aceite. Y, ¡sorpresa!, también muelen olivó, el fruto de ullastre (acebuche), del que extraen un aceite excepcional y escaso para hacer coupage con el resto de variedades.
Cuando Enric decidió poner olivos, tenía claro que quería hacer un aceite de gran calidad, con alto contenido en polifenoles y, por supuesto, en ecológico. Enric recordaba, “En el año 2013, diría que solo había dos plantaciones de olivo en la isla, y la nuestra fue la tercera. Nos reunimos y formamos la Asociación Oli de Menorca con la idea de construir la IGP”. Dentro de los criterios para ser parte de esta IGP hay dos que nos llamaron la atención: la obligatoriedad de estar certificados en ecológico (¡la primera y única del mundo!) y unas características bioquímicas más estrictas que las del aceite de oliva virgen extra. Para conseguir esto último recogen la oliva en verde, aunque el rendimiento sea menor.
Para obtener la calidad que desean no solo es importante el manejo de los árboles y la cosecha, sino que la molienda también es un momento clave. Cuanto menos tiempo pasa entre la recogida y el molturado, menos se oxida la oliva. Así que Enric decidió instalar un molino muy moderno que mantuviese la temperatura por debajo de 27 °C durante todo el proceso: “Imagínate, ahora cogemos la oliva y a la hora, hora y media, ya está todo en el molino y el aceite no pierde ninguna propiedad”. Pitu también nos explicó que ahora otras fincas también traen sus aceitunas a este molino para hacer su aceite.
Pero en Morvedra Vell no solo hay olivos. Toda la finca está dividida en tanques, pequeñas parcelas delimitadas por muros de piedra. Cada parcela tiene plantaciones de olivos con cubiertas vegetales gestionadas por animales: vacas menorquinas. La imagen es idílica: mucho pasto gracias a las copiosas lluvias de este año y las menorquinas zampando a papos llenos. Justo la noche antes de nuestra visita una de las vacas había parido y vimos al ternero recién nacido. Este manejo no es así solo por romanticismo, sino que las vacas tienen una triple función: mantener a raya las cubiertas vegetales, abonar los campos y obtener ingresos con los terneros. El manejo en ecológico implica cuidar del suelo. Las cubiertas vegetales protegen de la erosión y de la pérdida de suelo que se produce por la lluvia, así como de los efectos del fuerte sol del verano. “Aquí dejamos la poda en la tierra y la hierba las dejamos crecer, luego con una máquina la trituramos y su descomposición sirve para abonar los olivos”, explicó Pitu. También nos contó que con el orujo sobrante del molino, paja y el estiércol de las vacas hacen compost, que utilizan para fertilizar.
Este proyecto y el impulso de la IGP Oli de Menorca favorecen la recuperación de fincas y la ampliación de actividades. “Esta es una manera de diversificar y cuidar los campos para que no estén abandonados y esta finca es un ejemplo: cuando llegamos estaba llena de matorrales y ahora los campos están otra vez en producción”, comentaba Pitu. La verdad es que pasear por estas tanques con él fue un placer. Su dedicación, su alegría y su mirada de conexión con esta tierra nos llegó con claridad. Nos quedamos con una de sus reflexiones: “Vas viendo cómo tiran los árboles; cuando las plantas son muy pequeños y les ayudas a crecer. La guía, la poda, cuidar el suelo… Me gusta ver así los olivos y cuando el primer aceite sale, lo pruebas y te da mucha satisfacción”.










