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10 de marzo de 2026, Campanet, Mallorca

EN CONEXIÓN CON LA NATURALEZA

Los días previos a esta etapa, pudimos acercarnos a uno de los lugares más emblemáticos de la isla de Mallorca: la Serra de Tramuntana. Esta sierra fue catalogada como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 2011, por su valor como paisaje cultural, resultado de la convivencia entre naturaleza y personas. Esta sierra esconde paisajes impresionantes: acantilados sobre el mar, bosques de encina y pino mediterráneo y montañas que superan los mil metros de altitud. La sierra se extiende a lo largo de unos 90 km desde Calvià hasta Pollença. Un entorno que el ser humano ha sabido moldear con paciencia, piedra a piedra, hasta convertir lo abrupto en paisaje vivo y cultivado. Podemos decir que esta sierra es también una isla dentro de la isla: su complicada orografía la ha mantenido aislada, y es aquí donde se encuentran la mayoría de endemismos baleares y plantas singulares. De hecho, la serra conserva 65 de los 97 endemismos descritos en el archipiélago balear y 65 de las 68 plantas endémicas de Mallorca.

Tuvimos la fortuna de explorar a pie una parte de esta sierra gracias a una ruta guiada por Carles Amengual. El itinerario comenzó en Caimari y ascendió hasta el mirador de la Bella Dona, pasando por el refugio de Son Amer, hasta llegar a Lluc y a la Cova de sa Cometa des Morts. Carles ejerció de guía y nos descubrió la riqueza de la flora, la fauna y la historia de este entorno natural de gran belleza. Precisamente en el Santuario de Lluc, Carles dirige cada verano el Natura Camp Lluc, unos campamentos diseñados para descubrir la Sierra de la Tramuntana, aprender técnicas de orientación y reconocer las especies autóctonas.

Pedaleando por las faldas de esta sierra llegamos al término municipal de Campanet, cerca de Ses Font de Ufanes, un lugar muy conocido en Mallorca por un fenómeno hidrogeológico natural único en las Islas Baleares: surgencias intermitentes que brotan de la tierra de manera difusa, potente y repentina. Muy cerca de este paraje, desde hace más de una década, Natacha cuida la tierra en su finca S’esquirol. Nacida en Italia y criada entre Ibiza y París, nos contaba que a lo largo de su vida hay personas que le han inspirado profundamente: “El punto de inflexión en mi vida ocurrió en Toulouse, cuando estaba estudiando sociología y antropología social. Allí conocí a Marie Claire, una agricultora que me abrió las puertas de su casa y de su corazón. Entendí que existían otras maneras de vivir en este mundo; ella cambió el chip de mi vida”, nos compartió con una gran sonrisa. Natacha estuvo un tiempo trabajando con Marie Claire en su finca de cinco hectáreas: hacían el plantel, recogían verduras… ¡Hasta montaban pinchadas de reggae en los invernaderos una vez al mes!

Con esta experiencia se dio cuenta de que no quería pasar su vida laboral entre cuatro paredes, y esa apertura de miras la llevó a conocer y formarse en permacultura. Define la permacultura como “un sistema de diseño holístico donde aprender a trabajar con las fuerzas de la naturaleza en lugar de contra ellas, transformando los problemas en soluciones”. Sobre los principios de esta filosofía se asienta la finca S’esquirol. Permacultura viene de “cultura permanente” y se puede aplicar a todos los niveles de nuestra vida. La permacultura surgió en los años 70 como respuesta a la crisis ambiental. Estas ideas no eran nuevas; la sabiduría de nuestros antepasados ya hablaba de todo esto, pero el modelo de crecimiento eterno e irreal nos ha alejado de ello. Cerca de esta sierra también visitamos a Mandi, de PermaMed. Nos contó que la permacultura se centra en tres éticas principales: cuidado de la Tierra (o reconstruir el capital de la naturaleza), cuidado de las Personas (o cuidado de nuestro ser, de nuestros parientes y la comunidad) y reparto justo (o poner límites al consumo y redistribuir los excedentes). “Para mí la permacultura también significa tener coherencia en todo lo que puedes. Sin juzgar, sin castigarte porque no puedes. Y el diseño holístico es pensar cuáles son las conexiones y las consecuencias de tus acciones. Es decir, poner el corazón y ser capaz de tomar responsabilidad en cada situación”, explicaba Mandi.

Cuando Natacha llegó a la finca, hace once años, lo primero que hizo fue acondicionar la casa, lo que en permacultura llaman zona 0. Poner atención en la disponibilidad de agua era esencial; esta es una zona con una pluviometría de unos 700 mm anuales, muy húmeda y con bastante lluvia en invierno, pero con temporadas muy largas de sequía en verano. Por lo tanto, buscar un sistema que se adaptase a esta realidad era esencial.

Poco a poco, fue gestionando la finca: regenerando el suelo, injertando árboles y multiplicando plantas desde la semilla. En nuestra visita, pudimos disfrutar de una huerta con gran biodiversidad hortícola y frutícola. “Llegué a Mallorca porque me atraía la montaña y aquí conocí a Willow, que se convirtió en mi maestro de poda e injertos”, contextualizó Natacha. Busca centrar la finca en cultivos permanentes siguiendo la filosofía de la permacultura y, para ello, los frutales son esenciales. Ha plantado unos cien árboles frutales y cien árboles forestales, además de setos y arbustos; también cuenta con unas doscientas plantas medicinales de veinticinco clases. Al principio compraba los árboles de vivero hasta que se dio cuenta de que son más débiles: “sufren mucho en el trasplante porque en los viveros se trabaja con agroquímicos, mucho riego y temperatura controlada. Y claro, cuando se pasan a terreno real hay muchos fallos”, incidía Natacha.

El sistema al que ha llegado en la finca combina al mismo tiempo la huerta y los árboles: “Voy sembrando semillas de árboles frutales como melocotones, albaricoques o caquis a la vez que hago los bancales de huerta. Cuando los árboles ya estén grandes, moveré la huerta a otro lugar”. Este método está inspirado en la filosofía de Masanobu Fukuoka y es fruto de la observación al ver que algunos árboles nacían solos de las semillas del compost. “Estos árboles de semilla son más robustos, crecen un poco más lento, van a producir más tarde, pero son más resistentes a la sequía, a las plagas y su raíz pivotante nunca habrá sido molestada”, nos explicaba Natacha. Una de las razones por las que la finca se llama S’esquirol (la ardilla) es porque estos animalitos son plantadores de bosques indirectos: hacen reservas de semillas durante el invierno, las entierran y muchas veces las olvidan y al germinar dan vida nuevos árboles.

La finca S’esquirol está llena de plantas aromáticas y medicinales. “Cultivo las plantas, las seco y las transformo en infusiones, inciensos y ungüentos. Normalmente, para elaborar este tipo de productos comerciales la gente compra las plantas y solo hace la mezcla. Aquí lo bonito es que yo hago todo, desde la semilla”, explicaba Natacha. Además, participa en ferias como la Fira de las herbes, donde también vende, en macetas, plantas vivas que ella misma ha multiplicado. A lo largo de su vida ha ido atesorando mucho conocimiento sobre las propiedades curativas de las plantas.

Uno de los movimientos que más valora es la Dulce revolución de las plantas, asociación promovida por Josep Pàmies, donde se conectan personas que quieren compartir sus experiencias positivas, fruto del uso de las plantas medicinales y las terapias naturales no agresivas. Natacha confía totalmente en el poder de las plantas y la producción ecológica libre de químicos de síntesis: “El problema de los productos químicos es que no se ve el veneno que llevan todas las frutas y verduras… Y ya si hablamos de los conservantes, o estabilizantes, ni te cuento. Por ejemplo, cuando compras una berenjena o un pimiento ahora en invierno, en ningún lugar te dicen que no es de temporada, que viene de invernadero, que es hidropónico y que a la planta le aportan abonos químicos durante veinticuatro horas al día, además de todos los pesticidas”, reflexionaba Natacha.

Cada vez hay más estudios científicos que corroboran el impacto negativo de los tóxicos ambientales y los agrotóxicos en nuestra salud. Nicolás Orea es uno de los científicos referentes. Y el impacto no es solo sobre nuestra salud, sino que el medio ambiente y el territorio se ven afectados. Ya en los años sesenta, Rachel Carson publicó el libro La primavera silenciosa, donde advertía sobre los efectos perjudiciales de los pesticidas en el medio ambiente y culpaba a la industria química de la creciente contaminación. Parece que no hemos aprendido nada…

Por estos motivos, Natacha apuesta por una alimentación ecológica, de temporada y local. Y no solo para ella, sino que ofrece servicio de buffets de comidas sorprendentes. Es una cocinera excelente y con gran trayectoria. El hecho de que apueste por una alimentación ecológica no es moda ni esnobismo, sino que también está fundamentado en estudios científicos. Dolores Raigón, doctora en Ingeniería Agrónoma y Catedrática del área de Edafología y Química Agrícola, ha publicado distintas investigaciones que muestran cómo la alimentación ecológica no solo habla de la manera en la que cultivamos, sino también de la calidad de lo que llega a nuestro plato. Los alimentos producidos de forma ecológica suelen conservar más compuestos beneficiosos y, al evitar pesticidas y fertilizantes de síntesis, reducen la presencia de residuos químicos. Asimismo, este tipo de agricultura cuida el suelo, respeta los ciclos naturales y protege los ecosistemas, recordándonos que alimentarnos bien también significa cuidar la tierra que nos alimenta. Natacha, además, ¡también es panadera! Cocina panes de fermentación lenta con trigo kamut cultivado por un vecino a menos de un kilómetro, cerrando el círculo entre campo, alimento y comunidad. “Me gustaba hacer pan, la alquimia de la fermentación es un proceso mágico: de dos cucharadas de masa madre hago veinte panes, ¡es increíble!”. Además, Natacha hornea en un horno autoconstruido en bioconstrucción con los recursos presentes en la finca.

El cultivo principal de la finca es la higuera; Natacha seca los higos desde hace más de 15 años. Mallorca es uno de los sitios con más diversidad genética de higuera. El higo seco, en el pasado, se exportaba y era, junto con el trigo y el aceite, uno de los alimentos centrales de la dieta campesina y urbana. “Estos últimos años también se ha ido desarrollando el aprovechamiento de las hojas de higuera en infusiones, que son muy medicinales. Creo que el cultivo y el secado del higo tiene mucho futuro, ya que en el pasado Mallorca estaba cubierta de higueras”, nos contaba Natacha.

Como veis, su proyecto es diverso y profundamente artesanal. Natacha tiene una mirada sensible y despierta para aprovechar los recursos cercanos. Ya hace muchos años Antonio, su maestro de Ibiza, le enseñó técnicas tradicionales para secar higos y hacer cestas trabajando con acebuche (olivo silvestre), caña, murtra o aladern, y unas veinte esencias diferentes. “En la cestería utilizo ramas y fibras vegetales de la propia finca. Muchas veces, después de desbrozar, recojo eso que parecía un residuo y lo convierto en materia prima para tejer algo tan útil como una cesta que me sirve para transportar cosas, secar las plantas aromáticas, guardar la fruta… Mantener la artesanía viva es parte, también, de mi misión de conservación de las tradiciones y de valorar los recursos vegetales propios de la isla”, reflexionaba. Para ella, las personas maestras que ha ido encontrando en su vida no solo le han enseñado un oficio; “cuando veo a este tipo de gente digo: mi meta en la vida es tener buen corazón. No solo es sembrar o cambiar el mundo”.

Gestionar una finca y todas estas labores no es sencillo, requiere mucha energía y muchas manos. Natacha cuenta con el apoyo incondicional de su madre y, a lo largo de estos años, han sido decenas los voluntarios que han puesto su energía en este pedacito de tierra. “Desde hace tres años formo parte de la plataforma WWOOF y es gracias a ellos que recibo a la mayoría de los voluntarios. Según las estaciones, recibo más o menos voluntarios. Ellos vienen a colaborar y yo también, de alguna manera, intento acompañarlos para que vean otras formas de vida. Esto puede servir para que algunos tengan una experiencia distinta o, incluso, encuentren un propósito de vida”, nos compartió Natacha. De la misma forma que ella ha aprendido mucho con formaciones y maestras, ahora en S’esquirol también lo devuelve: organiza cursos de distintas temáticas como fertilidad del suelo, compostaje, arboricultura, gestión del agua, cestería, plantas medicinales, cosmética natural y biodinámica. Charlando con ella, nos contaba que le gustaría compartir su finca con unas cuatro o cinco personas y que la gestión fuese comunitaria. “Intento, en la medida de lo posible, crear red, sinergias y cooperación con los demás agricultores y artesanos, organizando y participando en eventos, cursos y ferias”. Reflexionamos sobre la necesidad de generar espacios de comunidad, especialmente en la sociedad actual que tiende al individualismo. “¿Cuántos jóvenes consumen antidepresivos? ¿Qué tipo de evolución es esta?”, se preguntaba Natacha.

Entre voluntarios, cursos y ferias, Natacha sigue sembrando alternativas. No espera un gran cambio repentino; cree en algo más sencillo y poderoso: muchas personas pequeñas cultivando soluciones reales. “Vivimos en un mundo lleno de incoherencias, contrastes extremos, y creo que hay soluciones. Estoy llena de esperanza y existen opciones para cambiar de modelo. Lo que tenemos que trabajar es la voluntad de la gente a cambiar”, nos decía.

Mujer junto a cestas de fibra vegetal en una terraza llena de plantasFarolillo de fibra trenzada entre plantas con la montaña al fondoTres mujeres posando en la huerta con la sierra al fondoBolsas de infusiones y una hogaza de panMujer oliendo un producto junto al cartel de Finca S'EsquirolMujer sonriente junto a un horno de barroHuerta de permacultura con dos personas al fondoDos mujeres conversando junto a un árbol en la huertaMujer sonriente mostrando una hogaza de panTerraza de la finca con el cartel de Finca S'Esquirol Permacultura