15 de enero 2026, Ciutadella, Menorca
MANOS RAÍCES Y CONCIENCIA
El pedaleo desde Ciutadella hasta nuestra primera visita fue una delicia, rodeadas por todas partes de muros de piedra seca, una técnica agrícola tradicional declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. En las proximidades de la finca S’Ullestrar, las paredes de piedra delimitan pequeñas parcelas y son testigos de una forma de gestión del territorio basada en el policultivo, la ganadería y el manejo campesino de los recursos. La piedra, colocada sin cemento, sigue en pie como muestra de resiliencia y parte de la cultura agraria y ganadera de la isla.
En S’Ullestrar nos recibieron Nina Marquès y Carme Bosch, madre e hija. Esta finca fue comprada por Nina y Jordi, su marido, hace 40 años. La familia de Nina y Jordi habían trabajado el campo menorquín durante generaciones, habían mamado esta forma de vida. Antes de la compra, Nina y Jordi, como mucha otra gente en Menorca, trabajaban en otra finca en régimen de medianería o aparcería, es decir, los pagesos trabajaban las fincas del propietario y la producción se reparte al 50%. «Si trabajabas con 50 vacas, era como si 25 fuesen tuyas y 25 del propietario, pero ¡tenías que trabajar para 50!», recuerda Nina. Con el tiempo, Nina y Jordi optaron por adquirir una finca propia. Eligieron como nombre S’Ullestrar, grupo de ullastres, acebuche en catalán, un árbol muy abundante en esta isla con el que sus habitantes construyen herramientas, cercados, muebles, etc. «Éramos jóvenes, y queríamos trabajar para nosotros y con menos vacas», nos explicó Nina.
Esta es la historia de tantas fincas que empiezan con mucha ilusión pero que no encuentran continuidad. En este caso, Jordi y Carme, sus hijos, han cogido el relevo. A Jordi siempre le gustó este trabajo y actualmente está centrado en la producción agrícola y el cuidado de los animales. Carme, su hermana, está enfocada en la venta y el trato con el público. Y juntas encarnan la nueva generación. Ella estudió y trabajó en Barcelona. En 2019, regresó a Menorca y vio que el proyecto familiar era una buena opción: «Me di cuenta de que aquí me sentía mejor. Me gusta la naturaleza, el contacto con la gente. Me hace ilusión continuar con una cosa que empezaron mis padres y hacer equipo con mi hermano” nos explicó. Carme además está comenzando con nuevas actividades, como jornadas de puertas abiertas en la finca.
Desde hace más de un año, la finca está en proceso de conversión a producción ecológica. Comenzaron en un curso que lanzó Menorca Preservation e impartió The Regen Academy. Después de distintas formaciones, desde estas entidades les propusieron ser una finca demostrativa. En estos cursos se dieron cuenta de que la sostenibilidad ambiental y económica “son dos cosas que pueden ir cogidas de la mano”, explicaba Carme. A día de hoy, están incorporando prácticas regenerativas: pastoreo dirigido, praderas permanentes, abandono de fertilizantes químicos, instalación de riego por goteo y fomento de la biodiversidad mediante bandas florales y cajas nido. «Siempre estoy abierta a probar cosas nuevas», dice Nina. Los cambios se van aplicando poco a poco, a su ritmo y siempre que se sientan cómodos, según su propio criterio. “Desde Regen y Menorca Preservation tienen muy claro que este es nuestro modo de vida y nos hacen propuestas respetando nuestros tiempos”.
Menorca ha mantenido una estructura agraria más viva que otras islas del archipiélago. El trabajo cotidiano de familias como la de Nina y Jordi y sus hijos Carme y Jordi hacen posible que los caminos rurales sigan transitables y que los productos locales lleguen a la población. «Menorca no solo es bonita por las calas y las playas, también el hecho de que la agricultura siga viva le ha dado bastante personalidad. Porque se mantiene el campo y hay gente viviendo y trabajando. Cuando se cae una pared alguien la levanta. Es necesario mantener la sociedad viva y diversificada», nos decía Carme.
En esta finca conviven vacas (incluidas razas autóctonas como la vaca roja menorquina y la vaca de la Reina), cerdos y una pequeña huerta, con un cultivo poco habitual: el cacahuete. Recuperado tras décadas de abandono, hoy es uno de sus productos estrella. Durante la cosecha, organizan jornadas de puertas abiertas con enfoque pedagógico. Diversificar permite, además, aprovechar subproductos como el suero del queso, que se reutiliza como alimento para los cerdos. Pero la realidad a veces es muy compleja. Las limitaciones normativas dificultan la viabilidad de las fincas diversificadas: «Para tener 50 gallinas y vender huevos necesitas el mismo papeleo que si tuvieras mil», denuncia Nina.
En S’Ullestar, durante décadas, el queso que elaboraban se vendía a la industria, principalmente a El Caserío, que fundía los quesos locales para producir el conocido queso en porciones. Hace unos 14 años, Nina decidió llevar algunos tomates y queso al Mercat Agrari de Ciutadella. Esta experiencia marcó un giro en la orientación de su explotación: «Vi que podía vender directamente. Se me encendió la bombilla», cuenta. Desde entonces han desarrollado su propia marca, venden en el mercado semanal, han habilitado un punto de venta directa en la finca y aspiran a reducir los intermediarios hasta lograr una comercialización 100% directa, centrándose en disminuir el número de animales para que la finca sea más sostenible y no depender de insumos externos.
Carme nos habló del Mercat Agrari de Ciutadella, donde cada miércoles y sábado se instalan 13 puestos en una preciosa plaza para dar a conocer y vender sus productos: “Están las carnicerías, las pescaderías y, luego, los puestos de productores de venta directa. Con los compañeros el ambiente es bonito, la gente sale a desayunar, compramos cosas unos de otros… el mercado da mucho valor de pueblo”, nos contó Carme.
Con todo lo que nos contó, no queríamos perdernos la oportunidad y el sábado por la mañana quisimos ir a visitarlo. Amaneció un día lluvioso y ventoso, así que, dejamos las bicis en el alojamiento y nos plantamos en Ciutadella con el bus. Como nos había contado Carme, la plaza del mercado tiene mucho encanto. La zona de pescadería, una construcción antigua con vistosas baldosas verdes, está en el centro. Alrededor se colocan los puestos de venta directa y, enfrente, las carnicerías.
En el mercat nos recibió el alcalde de Ciutadella, Llorenç Ferrer, con el que dimos una vuelta por todos los puestos. “Este mercado lleva muchísimos años. Nació porque los agricultores, que aquí han sido principalmente ganaderos, querían también vender directamente productos de la tierra, frutas, verduras, quesos… Es un mercado tradicional, muy arraigado, y ahora se ha ido ampliando por la demanda”. Aquí la venta es directa, y los pagesos venden lo que cultivan. “Es producto kilómetro cero, directo del campo menorquín” nos, explicaba Llorenç. “Esto garantiza calidad, precios justos, ayuda a que las fincas puedan mantenerse y no perder el sector primario, que como su nombre indica, es lo primero, lo primordial”.
Entre los puestos nos reencontramos con caras conocidas. Nina, de S’Ullestrar, con su parada de quesos, cacahuetes y verdura, nos presentó con orgullo a sus nietas, Nina y Teresa, que van al mercado y a la finca para ayudarla porque tienen el gusanillo de la pagesia y les gustaría seguir con la tradición de la familia.
Dos puestos más allá nos encontramos con Toni Moll, de La Marcona, un proyecto en el que, junto a su compañera Carme Pons han recuperado el blat xeixa de Menorca. “Lo que hicimos fue recuperar una variedad de trigo que tiene historia aquí, que es nuestra y además está adaptada, así que tiene sentido práctico y cultural”, nos contó Toni. Cultivan el cereal en ecológico y lo transforman en sabroso pan elaborado de manera artesanal. “Empezamos con pan, luego con harina, bases de pizza, arroz de la tierra que es un plato típico elaborado con trigo… todo en la finca, todo ecológico. Si vivimos en una reserva de biosfera, nuestra agricultura tiene que estar a la altura”. La Marcona participa en el programa de Custodia Agraria. Por supuesto, en nuestra cesta metimos un buen pan con nueces de La Marcona.
En el puesto contiguo estaba Joan Pons, de Son Olivar de Dalt, una finca diversificada que combina hortalizas con ganadería de leche y de carne de razas autóctonas. En su puesto tenían tomàtigues de ramellet –variedad de tomate de colgar muy valorada– y embutidos con un aspecto delicioso. Forman parte del movimiento Slow Food Illes Balears; para ellos, es inseparable la biodiversidad del sabor. Entre los embutidos tenían fuet, sobrassada y uno con aspecto muy curioso: por dentro parecía una morcilla grande y por fuera estaba cerrado con la misma piel del cerdo: “Es el cuixot, se puede comer crudo o cortado en lonchas y pasado por la sartén para que la piel se tueste”. Por supuesto, un trozo de cuixot fue para nuestra cesta y, de paso, uno de sus deliciosos fuets.
Seguimos de paseo por el mercado y nos llamó la atención un puesto con una gran variedad de quesos: Formatges Cas Ferrer de sa Font, de Marc Casasnovas. Nos contó que es un enamorado de los quesos. Fue a formarse a Francia con la idea de aprender elaboraciones de calidad distintas a las tradicionales, pero que mantuvieran el vínculo con el lugar: “Yo no quiero hacer queso como se ha hecho siempre. Me gusta experimentar, darle mi toque, sin dejar de ser parte de la historia quesera de Menorca”. Utiliza leche de vaca menorquina y está recuperando la raza de cabra menorquina que está casi extinguida. Marc también forma parte del programa de Custodia Agraria. Estuvimos hablando también de las dificultades a las que se enfrenta como pequeño productor, especialmente cuando se lanza algo nuevo y diferente, ya que las complicaciones burocráticas y la incomprensión de la administración pueden hacer desfallecer. “Yo soy muy tozudo e insistente y me lo tomo como un reto, aunque, sin duda, es difícil”. Antes de despedirnos, degustamos parte de los quesos de Marc y nos llevamos tres de ellos para casa. ¡Qué buenísimos!
Pese al día poco apacible, en el mercado iba y venía la clientela, haciendo cola en algunos puestos. Aprovechando la espera en el puesto de hortalizas ecológicas conocimos a Zaira. Originaria de Barcelona, vive en Ciutadella y nos contaba que para ella “venir aquí es casi un ritual: socializas, saludas y compras buen producto. Es un regalo, algo que en la gran ciudad ya no existe”. Esperando también estaba Irene, la cual nos comentó que “venir al mercado es llenar mi cesta de la compra para toda la semana: verdura, carne, queso… Aquí encuentro de todo”. Nos tocó el turno en el puesto y aprovechamos para comprar verduras de hoja fresquísimas, con un verde que desprendía salud.
Ya estaba llegando la hora de cerrar, pero el puesto de S’Hort de Baix Organic aún tenía clientela. Nos esperamos al final y, mientras recogían, charlamos con mucho gusto con Nuria Capó, quien junto a Tito (Francesc Pons), cultiva hortalizas ecológicas en una finca de tres hectáreas. Le preguntamos cómo vive este mercado: “Con mi clientela se ha creado una relación cercana. Me sé el nombre de casi todas las personas que compran. Me preguntan cómo están los productos, confían en mí. Si algo ha salido regular, se lo digo. Esa confianza nos vincula, y cuando hay vínculo, hay cuidado”. Núria nos habló con emoción de lo que significa cultivar hoy: “Para que haya pagesos que cuiden la tierra, tiene que haber personas que quieran alimentarse con honestidad. Actualmente las cosas no tienen el precio de lo que cuestan, pero alguien está pagando ese precio. Si es muy barato, lo está pagando el agua, la tierra o la salud. Necesitamos consumir menos, de más calidad, y con justicia para todas: la tierra, quien cultiva y quien come”.
Volvemos a nuestro alojamiento con la cesta llena de productos que nos alimentan, nos conectan con Menorca y su pagesía, la tierra que nos está acogiendo en esta primera etapa del viaje. Este Mercado es una red viva. Aquí se cultiva vida, se defiende la soberanía alimentaria y se celebra el vínculo entre Tierra, trabajo y comunidad.










