hola@bielaytierra.com / +34 695 183 624 / +34 664 640 484

Conclusiones Ruta Biela y Tierra Baleares

CONCLUSIONES

Durante 66 días hemos recorrido 944 kilómetros en bicicleta por Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. Hemos conocido 40 iniciativas y compartido muchas horas de visitas y conversaciones con agricultoras, ganaderos, pescadores, cocineras, técnicas, investigadoras, educadores, comerciantes y personas que se organizan para cuidar el territorio que habitan. Salimos a pedalear con preguntas llegadas del proceso participativo: queríamos conocer qué queda de la cultura campesina de las islas, comprender las dificultades que atraviesa el sector primario y descubrir las respuestas que ofrece esta parte de la sociedad frente a un modelo económico cada vez más alejado de los límites naturales que ofrece el territorio balear.

Nuestras compañeras, las bicicletas, nos han permitido recorrer las islas a otra velocidad y apreciarlas de otra manera. Subir sus cuestas, disfrutar las bajadas, sentir el viento, observar los cambios del paisaje, detenernos ante un muro de piedra seca, experimentar los cambios meteorológicos, oler el mar y, sin duda, poder comprender estas realidades a un ritmo más humano. Pedalear nos ha recordado que el territorio balear no es solo un lugar para hacer la foto: es suelo, agua, alimento, memoria, cultura y relaciones. También es cansancio, límites y dependencia. Este último cuaderno de campo es una parada para mirar atrás y ordenar algunas de las ideas que hemos ido recogiendo de isla en isla.

La tierra que permanece

La ruralidad balear no ha desaparecido: sigue presente en las fincas familiares, en los muros de piedra seca, en los sistemas tradicionales de aprovechamiento del agua, en las variedades locales, en los rebaños, en los mercados y en una cocina que todavía conserva el sabor del territorio. En Menorca esta continuidad se percibe con especial intensidad; el paisaje agrario todavía ocupa un lugar central en la identidad de la isla (un 44,8 %) y son visibles las relaciones entre ganadería, agricultura, transformación y territorio. En Mallorca persisten numerosas huellas de una cultura campesina que sigue viva, aunque muchas veces haya quedado inmersa en una isla que funciona cada vez más como una gran ciudad. En las Pitiusas encontramos formas agrarias y pesqueras conservadas durante generaciones para adaptarse a la escasez de agua, a los suelos y a la condición insular, aunque hoy estén sometidas a una presión enorme.

Esta cultura existe, pero se ha interrumpido su transmisión cotidiana. En Ibiza nos hablaron de una generación que abandonó masivamente el campo para trabajar en el turismo; de cómo en unas pocas décadas la sociedad pasó de estructurarse en casas familiares campesinas que se autoabastecían a un contexto en el que el turismo y la dependencia del exterior se vive como única posibilidad. En Mallorca comprobamos que incluso en pueblos rodeados de cultivos hay peques que apenas conocen el origen de los alimentos. En todas las islas escuchamos recuerdos de trabajos compartidos, intercambios de semillas, manejo del agua, elaboración de conservas, injertos, matanzas, pesca, pastoreo o cocina que ya no forman parte de la vida común. El cambio ha sucedido en muy poco tiempo: hace apenas unas décadas existía una elevada capacidad de autoabastecimiento y, a día de hoy, las islas dependen de barcos, combustibles, piensos, fertilizantes y alimentos producidos a miles de kilómetros. La tierra ha dejado de ser principalmente un lugar del que vivir para convertirse, demasiadas veces, en un bien sobre el que invertir.

Aun así, lo que persiste no es únicamente un conjunto de técnicas antiguas. Permanece una lógica campesina basada en la diversificación, el ajuste al medio, la observación, el reaprovechamiento y la reciprocidad. Esta lógica la hemos encontrado en proyectos que combinan huerta y ganado, como en Ses Cabretes; en la gestión comunitaria del agua de Es Broll; en el compostaje de Sa Llavanera; en la recuperación de semillas y variedades locales; en la transformación artesanal; y en Formentera, donde agricultura, pesca, paisaje e identidad continúan pensándose como partes de un mismo sistema. Estos conocimientos son clave en un escenario de crisis climática, energética y material: recuperar variedades adaptadas, sistemas de riego eficientes, manejo ganadero holístico, compostaje, transformación artesanal o pesca de pequeña escala es una apuesta de futuro.

Islas al límite. Las amenazas que hemos encontrado son grandes. No proceden únicamente de una globalización abstracta, sino de la forma concreta en que ese modelo se manifiesta en las islas: turistificación, urbanización, especulación, presión sobre los recursos y subordinación de la tierra a actividades ajenas a la alimentación. La escala que ha alcanzado el turismo ayuda a entender esta presión: en 2024 llegaron a Baleares 18,7 millones de turistas frente a una población residente que ronda los 1,2 millones de personas. La demanda de alimentos, agua, energía, vivienda y suelo no depende, por tanto, solo de quienes viven todo el año en las islas, sino también de una población flotante muy superior. La insularidad agrava la situación: eleva los costes de producción, transporte, energía, maquinaria e inversiones; limita las posibilidades de crecimiento y genera una gran dependencia de los puertos y aeropuertos. Además, el turismo provoca una fuerte competencia por dos recursos indispensables para la agricultura: el suelo y la mano de obra. Entre 2006 y 2016, la superficie agraria útil se había reducido un 21 %. Y es que trabajar la tierra en Baleares resulta menos rentable que en la península y la presión de la urbanización arrolla al sector.

En Ibiza estas dinámicas se muestran con especial crudeza. Las fincas rústicas entran en circuitos especulativos, la vivienda se vuelve inaccesible, el agua escasea y el campo compite con usos mucho más rentables a corto plazo. Respecto a la alimentación, se calcula que la capacidad de autoabastecimiento apenas cubre el 3,9 % de la demanda interna. El déficit anual entre la importación y exportación de productos agroalimentarios alcanza las 433.549 toneladas.

En Mallorca, el proceso adopta otra escala. La expansión urbana y turística ha dado lugar a una especie de isla-ciudad en la que gran parte de la población vive desconectada de la tierra que la rodea. Según datos de 2019, la producción de la isla podía cubrir solo un 15 % de sus necesidades de consumo alimentario. Se importa la inmensa mayoría de los alimentos, mientras numerosas fincas afrontan dificultades para mantenerse activas y quienes desean incorporarse al campo encuentran precios y condiciones difíciles de asumir. Mallorca actúa, además, como centro logístico para el resto del archipiélago, ya que parte de esas mercancías se redistribuye posteriormente hacia Menorca, Ibiza y Formentera. El volumen de las importaciones aumenta con la presión turística: en julio de 2019 entraron en la isla 211 428 toneladas de productos agroalimentarios, el máximo mensual de aquel año.

Menorca conserva un sector primario más visible y una mayor conciencia social sobre la necesidad de proteger el territorio; sin embargo, tampoco está libre de tensiones. La presión urbanística, los costes, la dependencia de piensos externos, y la especialización ganadera y láctea generan vulnerabilidades. Se estimó en un 16 % su capacidad total de autoabastecimiento alimentario, apenas un punto por encima de Mallorca, aunque, si se contabilizaba únicamente el consumo de la población residente, se llegaba al 21,7 %. La especialización ganadera y láctea explica una parte importante de la realidad agraria menorquina, pero también de su vulnerabilidad. En 2019, la leche de vaca representaba el 99 % de la producción láctea de la isla y, por ello, la diversificación de la producción agroganadera es uno de los focos de acción en los que se está trabajando con más empeño.

Formentera, por su tamaño y sus límites evidentes, muestra con claridad la necesidad de cuidar cada hectárea y cada oficio. Su triple insularidad respecto a la península, Mallorca e Ibiza, encarece y dificulta tanto la llegada de insumos como la comercialización, ya que los productos procedentes del exterior llegan habitualmente al puerto después de pasar por Ibiza. A todo ello se suma la falta de relevo generacional, presente también en otros territorios: muchas personas responsables de las explotaciones se acercan a la jubilación sin un sucesor. Quienes quieren incorporarse se enfrentan a tierra cara, vivienda inaccesible, burocracia, inversiones elevadas, falta de servicios, mercados inestables y una consideración social que todavía no reconoce, suficientemente, el valor de producir alimentos.

Las islas hacen visibles los límites. El medio rural ha de mantener una parte de su vocación productiva (¡es donde están las materias primas!), y no se puede relegar a una mera urbanización. Además, no se puede urbanizar indefinidamente, extraer agua sin medida, multiplicar la población estacional o depender de una cadena de abastecimiento global como si el territorio fuera infinito. Importar alimentos también aumenta el impacto climático. Su huella es hasta 4,7 veces mayor en Mallorca, 2,7 en Menorca y 4 veces más alto en las Pitiusas que la de los alimentos producidos localmente. Reconocer esos límites no significa renunciar a una vida digna, sino decidir colectivamente qué actividades son esenciales, qué necesidades deben garantizarse y qué modelo económico puede sostener la vida sin destruir las bases que la hacen posible. Significa también reconocer que la producción local no puede evaluarse únicamente por su aportación inmediata al PIB: mantiene el suelo fértil, conserva paisajes, reduce la dependencia exterior, sostiene conocimientos y oficios, genera comunidad y aumenta la capacidad de las islas para afrontar futuras crisis.

Soluciones que ya existen

Frente a estas amenazas y a una realidad tan compleja no hemos encontrado resignación. Las iniciativas visitadas están construyendo soberanía alimentaria de manera práctica, cotidiana y diversa. No hablan únicamente de grandes transformaciones futuras, están respondiendo, ahora, a problemas concretos relacionados con el acceso a la tierra, el relevo generacional, la comercialización, el agua, las semillas, los residuos orgánicos, la educación alimentaria o la gobernanza del mar.

El Banc de Terres, impulsado por APAEEF en Ibiza y el Cens de Terres de la Cooperativa del Camp de Formentera, muestran que el acceso a la tierra puede abordarse mediante herramientas de mediación y gestión colectiva. No se limitan a publicar qué parcelas se encuentran disponibles; generan confianza, acompañan a propietarios y productores, ayudan a resolver conflictos y crean las condiciones para que tierras abandonadas recuperen su función agraria.

La cooperación ha sido uno de los puntos clave más repetidos durante toda la ruta. En Menorca conocimos la complementariedad entre entidades con ejemplos como Custodia Agraria, la Aliança per una Menorca Agroecològica y proyectos capaces de conectar producción, comercialización, educación y conservación. En Mallorca, Terranostra convierte la compra colectiva en una forma de compromiso comunitario. Otros ejemplos, como las redes de huertos escolares, las asociaciones de regantes, la Mesa de Custodia Marina y las alianzas entre proyectos, muestran que la respuesta más sólida casi nunca es individual.

Además, encontramos jóvenes que regresan al campo, familias que diversifican sus fincas, personas llegadas de otros lugares que aportan nuevas miradas y mujeres que sostienen proyectos productivos, educativos y comunitarios. En Ibiza, la unión entre Ecofeixes y Agroeivissa demuestra que compartir infraestructuras y capacidades puede fortalecer tanto al sector ecológico como al convencional. En Mallorca, la capacidad de organización del entorno de APAEMA muestra que el sector agroecológico puede ejercer liderazgo y formular alternativas para el conjunto de la sociedad. En Menorca, la colaboración entre ecologismo y sector primario ha permitido superar enfrentamientos estériles y trabajar desde objetivos compartidos. En las Pitiusas, la dureza del contexto ha generado algunas de las propuestas más resistentes e innovadoras de la ruta.

El tema del turismo surgía inevitablemente en las conversaciones. Es una de las principales causas de presión, pero también hemos conocido ejemplos en los que la restauración ofrece una salida estable a los productos locales. La relación puede ser útil cuando se respetan precios, temporadas, volúmenes y capacidades del territorio. El problema no es cualquier vínculo con el turismo, sino un modelo turístico que utiliza el paisaje mientras debilita a quienes lo cuidan. Poner el turismo al servicio del territorio, y no el territorio al servicio del turismo, exige límites y decisiones políticas.

Aprendizajes de la ruta

Uno de los principales aprendizajes es la necesidad de crear estructuras puente entre el campo y la sociedad. Durante décadas se han debilitado estas relaciones, y reconstruirlas requiere mucho más que pedir a las personas que compren producto local. Los bancos y censos de tierras, los circuitos cortos, las cooperativas, las marcas colectivas, la comercialización conjunta, la compra pública alimentaria, las redes de formación, la custodia agraria y marina, los procesos participativos y los espacios demostrativos son herramientas capaces de transformar el sistema. Facilitan que producir, vender o consumir de otra manera deje de depender exclusivamente del esfuerzo heroico de unas pocas personas.

También hemos aprendido que trabajar con enfoque de soberanía alimentaria es una estrategia de adaptación. Las iniciativas que diversifican cultivos, cierran ciclos, reducen insumos externos, recuperan variedades adaptadas, gestionan mejor el agua o integran agricultura y ganadería, están aumentando la capacidad del territorio para responder a este contexto hostil.

El agua ha sido un tema recurrente en muchas de nuestras conversaciones. Sin agua no hay agricultura, pero tampoco turismo, ciudades, bosques ni vida. Los sistemas hidráulicos tradicionales, la gestión comunitaria, la restauración de suelos y paisajes capaces de retener humedad y la reducción de consumos son enseñanzas fundamentales. No se trata únicamente de buscar nuevas fuentes, sino de aprender a vivir dentro de las disponibilidades reales de cada isla.

La educación alimentaria ha surgido en los diálogos: huertos escolares, talleres de cocina, compostaje, visitas a fincas y comedores escolares comprometidos pueden volver a conectar a la infancia y a sus familias con el origen de lo que comen. No son actividades complementarias; son herramientas para reconstruir parte de los vínculos, apoyar a las productoras y generar una demanda estable de alimentos locales.

Cada una de las islas representa un ecosistema social, ambiental y económico diverso que ha puesto en marcha estrategias adaptadas a su realidad. En este proceso ha quedado patente la necesidad de superar la desconexión entre islas: aunque comparten muchos problemas, no siempre se conoce lo que está ocurriendo en los otros territorios del archipiélago. Conectar experiencias permitiría compartir herramientas, evitar errores, generar aprendizajes conjuntos y construir una voz más fuerte. Cada isla posee su idiosincrasia, la cual debe respetarse, pero muchas soluciones pueden enriquecerse mediante la comunicación.

Hemos echado en falta, además, un debate social más amplio sobre el modelo de desarrollo. Existe preocupación, cansancio y, en algunos lugares como Ibiza, un clamor evidente. Sin embargo, esa inquietud no siempre se traduce en una propuesta colectiva capaz de disputar el rumbo económico de las islas. El movimiento agroecológico señala con contundencia las problemáticas y muestra caminos, pero no puede asumir en soledad la transformación. Son necesarias políticas públicas coherentes, financiación, planificación territorial y una ciudadanía dispuesta a revisar sus hábitos y prioridades. La alimentación tiene la capacidad de reunir todos estos debates. En un plato confluyen tierra, agua, energía, trabajo, salud, cultura, transporte, comercio y poder. Preguntarnos qué comemos nos lleva, inevitablemente, a preguntarnos qué territorio queremos y quién puede vivir en él.

Seguimos pedaleando

Terminamos la ruta con una primera certeza: la ruralidad balear sigue viva, pero ya no estructura la sociedad como lo hizo durante siglos. Hoy resiste dentro de un modelo económico que la arrincona, encarece la tierra y la vivienda, y aleja el alimento de los lugares donde vivimos.

La segunda certeza es que no partimos de un desierto. Existe una base real sobre la que reconstruir soberanía alimentaria; no hace falta inventarlo todo desde cero. Hace falta cuidar, conectar y fortalecer lo que ya existe.

La tercera es que las iniciativas visitadas no son únicamente historias bonitas: son prototipos territoriales de futuro. Nos enseñan cómo facilitar el acceso a la tierra, cooperar, recuperar variedades, cerrar ciclos, vender de forma directa, transformar alimentos, cambiar comedores, gestionar el agua o tomar decisiones colectivas sobre el paisaje y el mar. Muestran que existen soluciones, aunque, por el momento, son pequeñas frente al tamaño de las amenazas.

Y la cuarta es que la soberanía alimentaria no consiste únicamente en producir más a nivel local; consiste en rehacer los vínculos entre tierra, agua, mar, escuela, mercado, cocina, comunidad y políticas públicas. Consiste en que quienes producen puedan vivir dignamente; en que quienes consumen conozcan las consecuencias de sus decisiones, y en que las instituciones protejan aquello que sostiene la vida.

Nos despedimos de esta ruta con preocupación, porque las amenazas son profundas y avanzan con rapidez, pero también con esperanza. No una esperanza ingenua que espera a que las cosas cambien por sí solas, sino la esperanza que hemos visto madrugar, sembrar, ordeñar, pescar, cocinar, reunirse, enseñar, vender, protestar, cooperar y volver a empezar. Algunas de las situaciones y reflexiones que hemos vivido en Baleares se están replicando en territorios peninsulares. Y, después de recorrer Baleares a golpe de pedal, hay una idea que regresa una y otra vez: si queremos territorios rurales vivos, habitables y capaces de afrontar las crisis que vienen, necesitamos volver a poner la alimentación, la tierra y el mar en el centro.

Gracias a todas las personas que nos habéis abierto las puertas de vuestras casas, fincas, obradores, comercios, aulas, asociaciones y proyectos. Gracias por compartir vuestro tiempo, vuestras dudas, vuestros conocimientos y vuestra forma de cuidar la vida.

Esta ruta termina aquí. Todo lo aprendido no ha hecho más que comenzar.

Rebaño de cabras a contraluz bajo los árbolesHuerta con frutales en un barrancoMujer y hombre junto a un níspero en una fincaVaca roja en un prado junto a un muro de piedraQuesos madurando en estanteríasCiclista pasando junto a los varaderos de barcas frente al marFotografía instantánea de dos ciclistas con sus bicis cargadas, sobre una mesa de maderaRebaño de ovejas en un viñedo con flores amarillasDos bicicletas de Biela y Tierra bajo un árbol junto a un muro de piedra